EL MAYOR FRANK GERSHWIN
«Lo que te voy a contar es la puta verdad. No encontrarás nunca a nadie, por muy jodido que sea el cabrón, que te lo pueda negar. Nadie, en ningún sitio. Nadie en los altos y putrefactos estamentos del gobierno, nadie entre la estúpida gente que compone la cúpula militar, nadie en los inútiles servicios de inteligencia. Nadie, nunca, en ningún momento y lugar. Encontrar a una única persona que pueda demostrar su falsedad te resultará imposible, y si algún mierda intentara hacerlo, tú lo podrás desarmar simplemente pidiéndole una prueba que confirme lo que diga, una simple prueba, una prueba cualquiera, me da igual si sólida o no. Porque jamás podrá aportarte nada. Escucha amigo: yo vi el cadáver de Osama bin Laden en Bagdad el 17 de marzo de 2003, tres días antes de que comenzara la jodida guerra de Irak. Esto quiere decir que aquel loco no murió en las circunstancias que todo el mundo cree, o que les han hecho creer unos cuantos cabrones, sino que la jodió muchos años antes. Fui yo mismo, el paria que tienes aquí delante, quien se lo comunicó a Arthur Benson, jefe del servicio de inteligencia americano para Medio Oriente, desplazado por entonces, el muy cabrón, a la base militar de Camp Doha, en Kuwait. Por eso, el presidente Bush tenía que saber que Bin Laden ya estaba muerto antes de empezar el ataque contra Irak, y el muy imbécil lo que hizo fue ocultar esta información para su propio provecho. No quiso que la gente lo supiera. Y no hace falta que te recuerde yo a ti, ahora, todo lo que luego fue pasando en torno a este terrorista larguirucho, y cómo la administración de la nena Obama resolvió después el tema de su muerte y despachó el fiambre. Y ante este nuevo ocultamiento o engaño, hecho ahora por nuestro honorable último presidente, que ha realizado una acción que es tan falsa como dañina para nuestro país, ¿qué debe hacer ahora este paria? ¿Callar para siempre y dejar que la nauseabunda verdad oficial, que sólo puede interesar a los cuatro mierdas que nos engañan, se imponga definitivamente sobre la verdad? ¿Luchar para sacar a relucir la auténtica verdad, la única verdad cierta y posible? Dime tú, qué hago. Dime qué crees que mis conciudadanos esperarían de mí, ellos, tan ciegos como están, y tan estúpidos la gran mayoría ¿Qué es lo que esperarían de un hombre que conoce el secreto de la verdadera muerte de Bin Laden?
Por desgracia, en este momento no hay nadie que pueda apoyar mi versión, a pesar de que es la auténtica versión, la única posible, por lo que es absurdo que intente hacer algo en una dirección o en otra. Todos me tomarían por un gilipollas, además de por un fantasma y un mamón. Por eso quería conocerte, amigo, para que los dos pudiéramos hablar sobre esto. Me gustaría que me ayudaras a buscar a una persona, a Nur Al Raisi, mi intérprete árabe en Bagdad, la única persona que se me ocurre que puede dar un testimonio fiable de la visita que hicimos en su día al puto lugar donde estaba escondido el puto cuerpo de Bin Laden. Ella me acompañó hasta allí y es posible, si es que aún está viva, que cuente con alguna prueba a mi favor. Incluso pudiera ser que el cadáver de Bin Laden aún se encuentre en el mismo lugar donde yo lo vi, que por otra parte, es donde creo que él la espichó, y donde creo que lo tuvieron preso mientras lo jodían vivo. Si al final tú y yo podemos probar todo esto, tú, amigo mío, serás el encargado de anunciarlo al mundo en la forma que más te guste. Te dejaré esa gloria. Y lo puedes hacer como quieras. Puedes dar una rueda de prensa, si te gusta darte importancia, o puedes hincharte a pasar notas a las agencias de información, si lo prefieres. Haz lo que quieras. A mí, como si escribes una novela o tiras cohetes. Me da lo mismo. Lo que te aseguro es que tendrás material más que suficiente para poder joder a unos cuantos, y también para sorprender a medio mundo. Y para partirte el culo riendo después».
Recuerdo que me quedé pensativo, profundamente pensativo, cuando Frank Gershwin me contó todo esto en casa de mi primo Ezequiel Silva en Daytona, que era su vecino. Los tres nos mantuvimos un buen rato en silencio cuando terminó su exposición, como acto reflejo a palabras tan graves como las que se acababan de pronunciar allí. Yo no sabía qué decir, mi primo aún menos, y el mayor Gershwin había quedado expectante, a la espera de oír algo tras nuestra ensimismada reacción. Finalmente, fue él mismo quien de nuevo rompió el silencio: «Os juro que todo lo que acabáis de oír es la puta verdad, os lo juro. Puedo jurároslo ante el Altísimo y también ante mis difuntos padres. Esto que os he contado, por increíble que os pueda parecer, es cierto, os juro que es cierto. Es cierto, os lo juro, no soy ningún mamón»