Pinceladas biográficas.

Elegí para mi vida, desde muy pronto, no sé muy bien por qué, un camino complicado. En la línea de salida me habían colocado frente a una pista muy ancha y cómoda, sin aparentes peligros, pero de inmediato preferí correr por estrechas vías que era imposible saber a donde conducían. Viajé así por la vida por un camino tortuoso, de forma un tanto inconsciente y sin haberlo necesitado. Pero a estas alturas de la vida en las que hoy nos encontramos, sé que esta forma de hacer nada me quitó, y más bien me permitió conocer el terreno áspero del que está hecho el mundo. Pude descubrir así la más auténtica realidad del hombre, que dicho sea de paso, es de una dimensión mucho más elevada que la que se puede apreciar desde la plataforma artificiosa, de asfalto, por la que veo que discurren muchas vidas. No digo con ello que sea un acierto esta vida mía, pero sí que mi independencia y mi libertad me ayudaron a clavar los pies con fuerte arraigo en el mundo, en este bello mundo que todos compartimos y que no todos aprecian.

Profesionalmente he ejercido de diseñador industrial, siempre por cuenta propia, y en casi treinta años de ejercicio he conocido tanto el éxito como el fracaso. He acometido muchas empresas y me ha ido bien a ratos. He tenido además la fortuna de arruinarme en un par de ocasiones. A partir de ahora no sé cómo seguirá la cosa, mas sea como sea no creo que deje de viajar campo a través. Tras tantos rodeos ya me hice con el equipo apropiado para recorrer caminos revirados, de modo que para qué cambiar. Además, hay algo que hace imposible que yo pueda salir de mi ruta. Me refiero ahora a mi innata y obsesiva curiosidad por todo lo que me rodea, que me lleva a escudriñar, destripar y querer mejorar cualquier cosa que cae en mis manos o que pasa por mi mente. Y no hay duda de que uno está más expuesto a acontecimientos imprevistos en medio de la montaña, que en una autovía.

Puede que esta inquietud mía por cualquier cosa que esté a mi alcance, ya sea nueva o vieja, ya augusta o humilde, se deba a que se cruzan en mí las sangres de dos inventores españoles de renombre, uno por parte de padre y el otro por vía materna. El primero es Narciso Monturiol, inventor del primer submarino de propulsión a motor, el Ictíneo, y de unas cuantas cosas más, y el otro Manolo Jalón, industrial que revolucionó las costumbres de la limpieza de suelos en medio mundo, con su famosa fregona, y que luego transformó la industria de las jeringuillas hipodérmicas también allende los mares. Al final, gracias a este batiburrillo de hechos y de realidades que perfilan mi personalidad y condicionan mi existencia, me he encontrado con una forma de vivir y trabajar un tanto peculiar. Por ejemplo, me he hecho un gran experto en inventos y patentes. Creo que no debo de andar lejos del record español de patentes solicitadas, y quizá también del de patentes que han llegado a ponerse en explotación. Mi actividad laboral no ha sido infructuosa y he aportado en positivo a mi sociedad. O eso creo. Y tengo la suerte de haberme visto suficientemente reconocido. Entre otras ocasiones, cuando en 2016 se promovió mi candidatura al Premio Nacional de Diseño, con el aval de siete centros tecnológicos y asociaciones empresariales. Finalmente no me lo llevé, pero la satisfacción personal fue la misma. Gracias, mil gracias, a todos los que en esta y en otras ocasiones me han apoyado.

Llevo diez años escribiendo (como atestigua esta web, en la que el lector podrá encontrar una buena muestra de mi trabajo literario), y lo que inicialmente nació como bálsamo para curar heridas se ha convertido en pasión. Siendo así, supongo que continuaré haciéndolo muchos años más. Al fin y al cabo no lo hago por dinero, por lo que carezco de presiones materiales que me obliguen a dejarlo. Además, mi mujer y mis hijos, a quienes en esto todo debo, me dejan hacer. Tengo a la literatura como un rocoso bastión que a todos nos ayuda a defendernos del tedio, de la impostura, de la desesperanza, de la manipulación. Aunque en esto hay que tener especial prevención, pues no es menos cierto que el enemigo también se embosca tras la literatura, incluso tras buena literatura. Por eso es preciso que todos los que empiezan a leer lo hagan siempre dando sus primeras brazadas por aguas tranquilas, antes de atreverse a meterse en cauces turbulentos, en las aguas turbias y procelosas de la especulación. Porque sólo quien esté ya muy entrenado en la lectura y en la crítica reflexiva, y haya musculado suficientemente bien el cerebro, podrá adentrarse sin miedo a bracear o remar en aguas bravas y en rápidos engañosos. No olvidemos que la literatura es el soporte que nos lleva por unas y otras aguas, pero somos nosotros los que elegimos el rumbo y los que bogamos, y el error o el acierto a la hora de encontrar destino será, por tanto, cosa nuestra. ¡Cuántas buenas gentes se han perdido por no acompañarse de la literatura apropiada, por navegar por los cauces infecundos de la mentira!

Por último no quiero pasar sin hablar del gran acontecimiento de mi vida: mi conversión a la fe de Cristo. Todos estamos obligados a salir en algún momento a su encuentro. Yo lo hice y no tardé en encontrarlo. Él ya me estaba esperando. Y descubrí así que no somos huérfanos vagando por el espacio, sino seres enormes, hijos de un Dios Padre que es dueño de una finca gigantesca que abarca todo el Universo y que Él quiso entregarnos para nuestro disfrute. Por esto mismo, me entristece ver que hay quien siendo portador de vida no tiene interés en agradecerle a su creador tan maravilloso don. Nadie debería despreciar o desdeñar nunca el regalo preciosísimo de la vida, y mucho menos dejar de agradecérsela a quien nos la dio. Yo, desde luego, se lo agradezco a cada instante, y procuro construir toda mi obra de igual forma que lo hacían los clásicos —y hasta hace bien poco, casi todos los artistas y científicos—, esto es, a la mayor gloria de Dios. Conozco, cómo no, esa larga lista de supuestos agravios que muchos le achacan a nuestro Creador (yo también tengo mi propia lista), pero tales agravios siempre desaparecen de mi vista en cuanto recuerdo todo lo que Él antes nos dio, así como su promesa de salvación. Ahora, consciente del valor del tesoro encontrado, siento la obligación de compartirlo con todos mis hermanos, entre los cuales cuento, por supuesto, a mis lectores.

Pero bueno, no sigo más. Hasta aquí mi perfil.

Antonio Monturiol Jalón – Madrid, 1.964